Lisette Bazignan Guerrero
Psicóloga y académica Facultad de Psicología
Universidad San Sebastián

Hace ya más de un mes que para muchas familias en nuestro país la vida cambió. En un inicio nadie entendía muy bien que significaría este cambio en concreto, pero a medida que fueron avanzando los días, miles de familias con niños y niñas en edad escolar se fueron dando cuenta de lo difícil que estaba siendo cumplir con todas las demandas del trabajo, la casa y el colegio.

La incertidumbre ante el contexto actual, las demandas a las cuales las familias se encuentran sometidas y la amenaza permanente a la salud propia y de nuestros seres queridos, hacen que sea muy difícil mantener la calma y no sentir estrés. El problema es que los padres, por el bien propio y de sus hijos, necesitan afrontar esta crisis de la mejor manera posible.

La literatura describe tres fases por las que los seres humanos pasamos cuando nos encontramos afrontando una situación que nos provoca estrés.

La primera, denominada fase de alarma, se produce una vez que nos damos cuenta de que la situación que ha desencadenado el estrés está más allá de nuestros recursos para afrontarla, ante lo cual tomamos conciencia de que nos encontramos estresados. En la segunda fase, denominada de resistencia, la persona intenta continuar enfrentado la situación, pero se da cuenta de que su capacidad tiene un límite y, como consecuencia de esto, se frustra y sufre. La última o fase de agotamiento se caracteriza por la fatiga, la ansiedad y la depresión, las cuales pueden aparecer por separado o simultáneamente.

Existen distintos modelos que nos otorgan luces acerca de aquellos elementos que resultan efectivos para enfrentar de mejor forma las situaciones estresantes, por ejemplo, los modelos cognitivos nos mencionan que no son las situaciones las que por sí mismas desencadenan sentimientos negativos, sino la forma en que las personas las interpretan, es decir, los pensamientos que tengo acerca de una situación son lo que finalmente provocan la respuesta de estrés.

Lo anterior explica por qué ante la misma situación, en contextos similares, algunas personas logran enfrentar de mejor manera las tensiones del entorno. Esto es importante por dos razones; la primera es porque debemos monitorear constantemente qué nos estamos diciendo a nivel interno y esforzarnos por mantener positiva nuestra mente y, por otra parte, es importante preguntarles a nuestros niños cuáles son sus pensamientos más recurrentes acerca de lo que está pasando para saber si estos pueden estar provocándoles ansiedad.

Enfocarnos en aquello que podemos controlar también ha resultado efectivo para disminuir la tensión. No podemos manejar lo que vaya a suceder en el futuro o lo que está fuera de nuestro ámbito de acción, pero sí podemos controlar cuestiones tales como el intentar protegernos y proteger a nuestra familia lo máximo que podamos, definir qué es lo importante y establecer prioridades, por ejemplo, decidir que la salud mental de nuestros hijos es lo más relevante, lo que en términos concretos puede significar no centrar mis esfuerzos en exigir rendimiento académico, que aprendan sólo lo que sea posible en este contexto y dejar entonces espacio para fortalecer los vínculos.

En una época tan difícil como la que enfrentamos, resulta un gran desafío mantener nuestra salud mental. Sabemos que conservarnos sanos psicológicamente es clave para fortalecer nuestro sistema inmune, afrontar la pandemia y posteriormente sentir que la crisis resultó ser una experiencia de la cual aprendimos y salimos fortalecidos.