“Cuídate del Idus de marzo.” (Shakespeare)
El movimiento social iniciado el 18 de octubre del año pasado impactó fuertemente en todos los ámbitos de la vida de la sociedad chilena. La erupción del descontento social acumulado desde hacía tiempo venía mostrando evidentes signos de malestar de la población y que muy pocos de la elite económica, política y gubernamental aceptaban reconocer, resultó inesperado por la forma masiva y violenta en que se ha manifestado, en una mezcla de demandas sociales justas y necesarias, largamente sentidas y esperadas, con acciones de vandalismo y destrucción por parte de grupos violentistas y saqueadores del trabajo de los demás como si a través del pillaje, la quema de buses, las estaciones del metro, los mall, el comercio grande y pequeño, de esforzados emprendedores, dejando a miles de honestos trabajadores sin sus fuentes laborales y con ello el sustento diario de sus familias, creyendo que con odio, infundiendo dolor y angustia, se pudiera construir una patria nueva, que nadie sabe cuál es la que pretenden.
En estos días de convulsión, junto a actos de nobleza, valor y solidaridad de modestos y sacrificados ciudadanos y de un repudio generalizado de la gran mayoría de la sociedad quienes, aun compartiendo las demandas de la ciudadana movilizada no aceptan los métodos brutales y humillantes que se utilizan y que muestran el lado oscuro e incomprensible del ser humano donde algunos, afortunadamente pocos, con perversas intenciones las han emprendido también contra la historia de la patria, de sus emblemas más sagrados y de las obras materiales que son la expresión del respeto por el pasado histórico, escarbando en él y, con ignorancia o torcidas interpretaciones, siembran dudas y sombras sobre aquellos hombres y mujeres que con honestidad, valentía y sacrificio nos permitieron construir lo que somos como nación pensando tal vez que con solo cubrirse el rostro adquieren patente de corsos y se convierten en redentores anónimos de la historia y la injusticia social y se hacen inmunes al imperio de la ley cuando nunca han hecho nada que los dignifique ni realizado aporte alguno al bienestar común.
Es cierto, como sociedad tenemos grandes problemas que atentan contra la calidad de vida y la dignidad de las personas: una profunda segmentación social; una educación selectiva y de baja calidad; un sistema de salud pública insuficiente e ineficiente; jubilaciones que no cubren las necesidades más básicas de vida de quienes más lo requieren. Sume usted otras.
Es cierto también que a todos, por acción u omisión, nos cabe algún grado de responsabilidad en el actual estado de cosas y que para contribuir a resolver los problemas que tenemos como sociedad debemos reconocer y asumir la realidad si queremos cambiarla, sin disfraces ni bajarle el perfil o dar excusas y realizar un esfuerzo colectivo, desde los representantes de los poderes del Estado, la diáspora de los partidos políticos que deben abandonar sus trincheras y construir puentes de modo que el tan voceado” bien común”, que todos declaran estar empeñados en alcanzar, no sea solo un eslogan para acarrear agua a cada molino; junto al empresariado que da trabajo con sentido social, de quienes producen y contribuyen al desarrollo económico y cultural; la sociedad civil, hasta el más modesto ciudadano, donde cada uno con espíritu cívico y generosidad aporte lo suyo. La patria nos lo demanda.
Esa patria definida como la tierra que nos vio nacer o que adoptamos como propia porque nos acogió y a la cual nos sentimos unidos por lazos afectivos jurídicos e históricos y que nos pide cumplir con nuestros deberes ciudadanos, respetar las leyes y contribuir al comportamiento democrático y ético de la sociedad. Como dijera el patriota cubano José Martí “La patria necesita sacrificios. Es ara y no pedestal. Se le sirve, pero no se la toma para servirse de ella.”
Esperamos, para la paz, la armonía social y el progreso de la sociedad chilena en su conjunto que los “idus”, considerados en el más antiguo calendario romano como días de buenos augurios que el “idus de marzo” que se acerca, calme los espíritus, que prime la racionalidad y la justicia y no la fuerza ni el miedo; la generosidad y no la violencia y sea el inicio del fortalecimiento y la construcción colectiva de la patria presente y futura que esperamos para nuestros hijos y sus hijos.
Para ello, debemos hacer lo imposible para que el “idus de marzo” sea una oportunidad y una esperanza y no un peligro como ocurrió en marzo del año 44 a. de C. cuando fue asesinado el emperador Julio César.
Que a la patria no se la continúe sacrificando depende de las mujeres y hombres buenos que son muchísimo más que aquellos que renunciaron a ser sus hijos.
Alejandro Mege Valdebenito
Universidad La República
Los Ángeles.