¿Qué nos pasó? Hace unos años, vivir en la ciudad de Los Ángeles, era estar al margen de lo que ocurría en las grandes urbes, podíamos tener miles de necesidades, pero en general todo estaba más tranquilo. Cuando ocurrían hechos delictuales o un disparo perturbaba la tranquilidad de la comunidad, era un verdadero escándalo, pero hoy, estas situaciones y otras peores, son pan de cada día.
Lo mismo ocurre con la droga que avanza sin tregua por la ciudad. Si hasta en la plaza de Armas se pueden ver transacciones de droga a toda hora en la más total impunidad.
Junto con ello, la aparición de sicarios o criminales que elevaron las cifras de homicidios a niveles récord nunca antes vistos (más del 200% de ataques que el 2019), al igual que los ataques que afortunadamente no terminaron con personas muertas, ya son parte del día a día.
Mientras todo esto está pasando frente a nuestros ojos la Fiscalía local – como ya nos tiene acostumbrados en decenas de casos – destaca por su silencio, investigaciones lentas como tortuga y en definitiva dejando la sensación de una inexistencia total en la zona. Tal vez con la llegada del nuevo edificio, quieran marcar más presencia para justificar la multimillonaria inversión de 3 mil millones en la obra, para que demuestren que el resultado de este mayor espacio en las instalaciones no sólo servirá para llenarlo de «causas archivadas» o investigaciones a medias.
Pero hay más. Las «narco despedidas», también se tomaron las calles. Estas son las ya conocidas ráfagas de disparo en «homenaje» al delincuente caído. Nadie las evita y carabineros no ingresa a las poblaciones cuando esto pasa por temor a perder la vida en estos procedimientos, por lo cual los vecinos quedan a la deriva, rezando para que las balas locas no vayan a atravesar sus murallas y escribir sus finales antes de tiempo. La niña inocente que profesa el himno institucional, ni sus hermanos o padres, duermen tranquilos.
Se podría pensar que esto sólo ocurre en las poblaciones, pero no. Lo homicidios y balaceras han acontecido también en las principales avenidas de la ciudad. Durante esta semana, en la avenida Sor Vicenta, disparos y pirotecnia se han reiterado cada noche. Resultado: cero detenidos. Nadie sabe nada.
Pero eso no es todo, la guinda de la torta son las carreras clandestinas. Cada noche, el servicentro Copec de Sor Vicenta es utilizado como base de operaciones para estos «conductores delincuentes», que no temen en arriesgar sus vidas y las de otros inocentes, cortando las calles, generando congestión, para «competir». Muchos de ellos, bajo los efectos de las drogas y el alcohol.
Algunas autoridades aseguran que la situación no es tan grave, porque las tasas de denuncias han disminuido, pero la pregunta es realmente ¿quién va a denunciar? Nadie. Para muchos, hacerlo ya no sirve de nada. Se ha perdido la confianza en que los delincuentes terminen tras las rejas.
Nuevamente, la puerta giratoria a raíz de las paupérrimas labores investigativas del Ministerio Público quedan en evidencia. Los jueces, no pueden si no aplicar la ley y ante la falta de contundencia en las pruebas, no queda otra que dejar libre a quienes perturban el bienestar de las familias.
Al parecer no quedará otra que acostumbrarse a que cuando la cocaína y la pasta base lleguen a la comuna, tengamos que escuchar la pirotecnia con la que los consumidores son avisados que «la merca» ya está disponible.
Habrá que acostumbrarse a que cada vez más personas caigan en estas drogas.
Habrá que acostumbrarse a que el que le debe a los narcos, morirá mientras circule por la calle.
Habrá que acostumbrarse que niños de 13 años anden vendiendo los fuegos artificiales, mientras sus padres no reciben sanción por desproteger a sus hijos.
Habrá que acostumbrarse a que las calles se cierran después de las 20 horas para que los «toretos» puedan competir tranquilos.
No. No tenemos que acostumbrarnos a esto y nuestras autoridades políticas, judiciales y policiales deben hacer el trabajo que la sociedad les encomendó. Basta. Hagan su parte.